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Full text of "Calderón : juguete cómico-lírico en un acto y en prosa"

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ADMINISTRACIÓN  • 
TL^I  FlI  0O-I>Fl  A  M  ÁTICA 


CALDERÓN 


JUGUETE  COMICO-LIRICO  E^  ÜN  ACTO  Y  EN  PROSA 


ORIGINA!.    Di. 


CARLOS  ARNiCHES  y  CELSO  LICIO 


MÚSICA  DRL 


MAESTRO  NlJeXO 


SEGUNDA  EDICIÓN 


CEDACEROS,  NÚM.  4,  SEaüNDO 
1994 


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CALDERÓN 


Esta  obra  es  propiedad  de  sus  autores,  y  nadie  podrá, 
!«in  su  permiso,  reimprimirla  ni  representarla  en  Es- 
paña y  sus  posesiones  de  Ultramar,  ni  en  los  países 
con  los  cuales  haya  celebrados  ó  se  celebren  en  ade- 
lante tratados  internacionales  de  propiedad  literaria. 

Los  autores  se  reservan  el  derecho  de  traducción. 

Los  comisionados  de  la  Administración  Lirico-dra- 
máticadeDON  EDUARDO  HIDALGO,  sonlosencar- 
g-ados  exclusivamente  de  conceder  ó  neg-ar  el  permiso 
de  representación  y  del  cobro  de  los  derechos  de  pro- 
piedad. 

Queda  hecho  el  depósito  que  marca  la  ley. 


CALDERÓN 


JUGUETE  COMÍi^O-LIRÍGO  EX  ÜX  ACTO  Y  U  PROSA 


ORIGINAL  DE 


CARLOS  ARNICHES  v  CELSO  LUCIO 


MÚSICA    DEI 


MAESTRO    NIETO 


Kjtrenado  con  extraordinario  éxito  en  el  TEATRO  ESLAVA  la  noche  del  !0 
(le  Noviembre  de  1 890 


SEGUNDA  EDICIÓN 


MADRID 
R.    VELASCO,   IMPRESOR,    RUBIO,    20 


f  »94 


^  Io$  ^m,  ^\MÚ  g  4^^^^^^* 


SIMPÁTICOS  EMPRESARIOS  DE  ESLAVA 

al  pzdmczc  vez  ^u  Sonbab  u  aScclOy  u  al  íe^WH- 
bc  poz  ou  {ahnio  u  ^  cízoi44i/^tancia0y  „  ¿eo  bcbt- 
can  cota  oSza  ^uo  invaziaSlc^  amiaoó 


Xob    CJ\D 


utotcó 


REPARTO 


PERSONAJES  ACTORES 

SÓLITA Seta.  Arana. 

DOÑA  DOLORES Sra.     Muñoz. 

DOÑA  TERESA Srta.  Gómez. 

ROSA Pascual. 

ANICETO  CALDERÓN Se  .      Careek as. 

SR.  MANSO ". Vega. 

ARTURITO :Mesejo  ^D.  E. 

SR.  CORDERO Infante. 


ACTO  ÚNICO 


Sala  decenteiuente   amueblada.   Puerta  al  foro  y  laterales.  A  la   iz- 
quierda (del  actor),  una  mesa  con  dulces  y  botellas. 

ESCENA  PRIMERA 

SÓLITA  y  ROSA    arreglando  la  mesa 

Rosa  ¿Qué  le  parece  á  usted  la  mesa,  señorita? 

Sol.  Muy  bien. 

Rosa  ¡Está  usted  agitada!,.. 

Sol.  y  tengo  motivo. 

Rosa  ¿Pues  no  van  á  presentar  esta  noche  en  la 

reunión  al  señorito  Arturo? 

Sol.  Sí;  pero  figúrate  que  como  esas  relaciones 

no  las  sabe  nadie  más  que  él,  tú  y  yo,  papá 
me  ha  indicado  que  piensa  casarme  con  un 
señor  bolsista,  amigo  suyo,  algo  viejo,  pero 
muy  rico;  ya  ves,  creo  que  tiene  un  capital 
en  Cubas. 

Rosa  ¡Qué  atrocidad! 

Sol.  Yo  prefiero  á  Arturo;  pero  como  papá  es  tan 

interesado...  Si  él  tuviera  algo  de  lo  que  le 
sobra  al  otro... 

Rosa  Pues  bien  podía  darle  un  par  de  cubas,  que 

otros  con  una  se  ganan  la  vida. 

Sol.  y  es  posible  que  lo  presenten  esta  noche 

también;  pero  como  yo  le  hable,  no  le  que- 
dan ganas  de  volver. 

Rosa  No  hay  que  apurarse,  señorita;  todo  se  arre- 

glará. (Va«e.) 


607262 


—  8  — 
ESCENA  II 

SÓLITA 

Alúsica 

El  me  llama  su  tesoro, 
su  delicia,  su  ilusión; 
yo  le  digo  que  le  adoro 
y  es  mi  vida  su  pasión. 
Son  sus  palabras  dulce  armonía, 
que  el  alma  mía 
llena  de  afán. 
Sólo  á  mi  Arturito 
mi  amor  prefiere; 
como  él  me  quiere 
no  me  querrán. 
Por  eso  mismo 
no  han  de  lograr 
que  á  mi  Arturito 
llegue  á  olvidar. 
Me, llama  «vida,» 
me  llama  hurí, 
y  eso,  señores, 
me  gusta  á  mí. 
El  me  inunda  de  alegría 
al  decirme  con  pasión: 
¡Gloria!  ¡Cielo!  ¡Chacha  mía! 
¡Quién  te  quiere  más  que  yo! 
El  se  pone  muy  meloso 
cuando  jura  serme  fiel, 
me  seducen  sus  palabras 
dülcecitas  cual  la  miel. 
Junto  á  la  esquina 
de  la  plazuela 
de  centinela 
le  tengo  ya, 
burlando  siempre, 
oon  fe  y  constancia, 
la  vigilancia 
de  mi  papá. 
Por  mis  amores, 
sin  vacilar. 


—  9  — 

mil  sinsabores 

supo  arrostrar. 

Y  á  tantas  pruebas 

sensible  fui; 
¡qué  hemos  de  hacerle, 
si  so}^  asi! 

ESCENA  III 

DICHA  y  el  SEÑOR  MANSO.  Sólita  queda  en  segundo  término.    El 

señor  Manso  sale  muy  preocupado  y  sin  reparar  en  bu  hija,   por  el 

primer   término   derecha 

Hablado 

Man.  ¡Por  fin,  esta  noche  es  la  tragedial  El  hon- 

rado suelo  de  esta  casa  será  teatro  de  un 
sangriento  suceso:  de  mi  venganza...  jOhl 
jSí,  mi  mujer  me  engaña!...  Lo  he  sabido 

hoy  mismo.  ¡Pérfida!  ¡Mi!...  (Transición  del  furor 
á  la  calma.) 

Sol.  ¡Papá! 

Man.  ¡Hija  mía!  (Disimulemos.) 

Sol.  Parece  usted  preocupado. 

Man  jCá,  hija!  Nunca  he  estado  tan  tranquilo  ni 

más  satisfecho,  al  verte  tan  elegante.  Ese  es 

el  traje  para  el  baile,  ¿eh? 
Sol.  Este.  ¿Le  gusta  á  usted? 

Man.  Mucho.  ,  .       ^  -,. 

Sol.  Este  color  me  sienta  bien.  Conque,  diga  us- 

ted, papaito,  ¿es  de  veras  que  está  usted 

tranquilo  y  satisfecho? 
Man.  ¿Lo  dudas,  hija?  (¿Si  sabrá  algo?  Pero  no. 

imposible;  ¿qué  ha  de  saber?) 
Sol.  No,  papá,  no  lo  dudo.  Pues...  entonces... 

(ahora  se  lo  digo),  entonces,  voy  á  decirle  a 

usted  una  cosa. 
Man.  Di,  hija,  di.  .  x  i 

Sol.  Pues  que  esta  noche  van  a  presentar  en  la 

reunión  á  un  joven  muy  simpático. 
Man.  Lo  sé,  y  no  será  mío  solo  el  que  presenten. 

Bol.  Bueno;  pero  el  que  yo  creo  que  nos  interesa 

es  uno  que  le  llaman  Arturito... 


—  10  — 

Man.  No,  no...  puede  que  haya  otro  que  nos  inte- 

rese más... 

Sol.  (¡  Dios  mío,  y  yo  que  creía  que  iba  á  con- 

vencerle!) Pero,  papá,  dice  usted  que  otro... 

Man.  Sí,  si...  Calderón...  ese,  ese...  (Paseando  con  agi- 

tación.) 

Sol.  ¡Calderón! 

Man.  Digo...  no,  nada;  hija,  vete;  tú  no  debes  sa- 

berlo hasta  luego. 

Sol.  (¡Calderón!...  ¡Si  será  el  novio  que  me  han 

buscado!  ¡Qué  horror!)  Pero  si  á  ese  no  le 
conozco,  papá. 

Man.  Ni  falta  que  te  hace. 

Sol.  ¡Pero  eso  es  una  atrocidad! 

Man.  Que  lo  sea;  haré  lo  que  deba.  Tú  olvida,, 

obedece,  calla  y  vete... 

Sol.  Bueno,  me  iré;  pero... 

Man.  Déjame  solo. 

Sol.  (¡Imponerme   un  marido!   ¡Pobre  Arturito! 

¡Esto  es  una  tiranía!)  (vase.) 

ESCENA  IV 

SEÑOR  MANSO  y  DOÑA  DOLORES.  Sale  segunda  Izquierda 

Dol.  Pero,  hombre,  ¿qué  haces  ahí?  Ya  han  em- 

pezado á  llegar  los  invitados.  (Le  diré  algo.) 
Oye,  quería  decirte  una  cosa;  la  niña,  aun- 
que le  gustan  mucho  estas  reuniones  que 
damos,  como  hay  muy  pocos  que  toquen  el 
piano,  tiene  que  tocar  la  mayor  parte  de  la 
noche.  Esto  es  aburrido,  y  se  podría  evitar 
si  viniera  un  pianista  pagado... 

Man.  Pero  es  un  gasto  inútil.  Más  adelante  vere- 

mos.  (Contesta  distraído.) 

Dol.  (No  se  convence.)  Pero,  hombre,  ¿qué  te 

pasa?  Estarás  pensando,  como  siempre,  en 
tus  negocios. 

Man.  En  otra  cosa  más  grave  estoy  pensando. 

DoL.  ¿Y  qué  es  ello? 

Man.  Oye,  (veamos);  á  un  amigo,  á  quien  quiero 

mucho,  le  sucede  una  cosa  horrible. 

DoL.  ¿Qué  le  pasa? 


—  11  — 

Man.  Sospecha  que  su  mujer  le  engaña. 

DoL.  ¡Qué  atrocidad! 

Man.  (No  se  inmuta.)  Y  como  eso  merece  un  cas- 

tigo terrible,  temo  una  desgracia. 

DoL.  Efectivamente  es  grave;  pero,  ¿qué  vas  á 

hacerV...  Es  natural  que  lo  sientas,  pero  na 
le  preocupes  tanto.  ¿Y  estás  seguro? 

Man.  Todos  los  indicios  son  evidentes,  pero  le 

falta  una  prueba  plena...  ¡En  cuanto  la 
tenga!... 

DoL.  ¡Quién   sabe,   hombre,   quizá  esté   equivo- 

cado! 

Rosa  Los  señores  de  Cordero  acaban  de  llegar. 

(Desde  la  puerta  del  foro.) 

DoL.  Los  de  Cordero,  voy  á  recibirlos. 

Man.  (Cómo  disimula.)  Oye,  Rosa,  di  al  señor  Cor- 

dero que  entre  inmediatamente. 
Rosa  Está  bien,  (vase.) 

DoL.  Hasta  luego,  (vase.) 


ESCENA  IV 

manso   y   CORDERO 

Man.  ¡Mi  amigo  Cordero  me  aconsejará!  El  me 

quiere  y  ha  de  juzgar  más  fríamente  este 
asunto. 

Cor.  (Saliendo.)  ¡Mi  querido  Manso! 

Man.  Amigo  mío,  ven,  tengo  necesidad   de  ha- 

blarte. 

Cor.  y  yo  también  necesito  tus  consejos,  (se  abra^ 

zan.) 

Man,  y  yo  los  tuyos. 

Cor.  Hablemos. 

Man.  Hablemos.   Oye,  Cordero,  yo...  soy  un  des- 

graciado. 

Cor.  ¿Sí?...  Pues,  oye,  Manso...  ¡yo  soy  otro!... 

Man.  ¿Otro  qué? 

Cor.  Otro  desgraciado. 

Man.  Bueno,  pero  tu  desgracia  será  menos  grave. 

Cor.  ¿Menos? 

Man.  Menos^  sí;  mi  mujer,  aunque  te  pasmes,  me 

engaña... 


—  42  — 

Cor.  {Horror!  Pues  mi  mujer,  asómbrate,  me  en- 
gaña también. 

Man.  j  Cordero! 

Cor.  ¡Manso! 

Man.  ¿Qué  dices? 

Cor.  Lo  que  tú. 

Man.  ¿De  modo  que  á  los  dos  nos  engañan?... 

Cor.  i  a  los  dos!  ¡Qué  coincidencia! 

Man.  ¡Espantosa!  (Quedan  pensativos  ) 

Cor.  ¡  Parece  mentira!  ¡Tu  mujer  que  parecía  un 

ángel! 

Man.  Pues,  y  la  tuya,  ¿qué  parecía?... 

Cor.  Ya  te  decía  yo  que  no  volvieras  á  casarte  á 

tu  edad. 

Man.  Yo  tengo  disculpa,  porque  tengo  una  hija, 

pero  tú... 

Cor.  Yo  porque  no  la  tenia  y  quería  saber  qué 

era  eso. 

Man.  Pues,  ya  lo  ves. 

Cor.  Yo  he  sido  feliz  hasta  ayer,  que  supe  mi 

desgracia. 

Man.  y  yo  hasta  que  la  he  descubierto  hoy. 

Cor.  Te  compadezco. 

Man.  Muchas  gracias,  igualmente.  (Dándole  la  mano.) 

Cor.  En  fin,  tranquilidad,  y  como  hombres  de 

honor,  hablemos  fríamente,  (se  sientan.) 

Man.  Bueno,  di,  ¿cómo  lo  has  descubierto? 

Cor.  Pues,  ayer,  oculta  en  el  devocionario  de  mi 

mujer,  he  hallado  una  tarjeta  que  decía: 
«Gracias  por  todo,  señora;  ya  sabía  yo  que 
usted  no  podía  olvidarme.  Seré  mudo  como 
me  encarga.  A  las  diez  en  el  baile.  No  fal- 
taré.— Aniceto  Calderón.» 

Man.  (Que   ha  ido   levantándose   poco  á  poco   asombrado.) 

¡Horror!  (Cae  desplomado  en  la  butaca.) 

Cor.  ¿Qué  te  asombra? 

Man.  ¿Qué  me  asombra?  Oye...  he  encontrado  á 

mi  mujer  una  tarjeta  que  decía:  «Gracias 
por  todo,  señora;  ya  sabía  yo  que  usted  no 
podía  olvidarme.  Seré  mudo  como  me  en- 
carga. A  las  diez  en  el  baile.  No  faltaré. — 
Aniceto  Calderón.» 

Cor.,     .  (Que   ha  ido  levantándose   poco  á.  poco   asombrado.)^ 

¡Horror!  (cae  desplomado.)  jLa  misma  tarjetal 


—  i3  — 

Man.  ¡La  misma!  De  modo  que  una  debe  ser  cóm- 

plice y  la  otra  culpable.  (Se  levantan.) 

Cor.  ¡Es  claro!  La  culpable  será  la  mía. 

Man.  o  la  mía. 

Cor.  Es  verdad,  ó  la  tuya. 

Man.  Tienes  razón,  ó  la  tuya. 

Cor.  De  todos  modos  es  preciso  averiguar... 

Man.  Indagar... 

Cor.  y  matar.  Yo  te  juro  por  todos  los  Corderos^ 

mis  ascendientes,  que  si  es  la  mía,  me  bati- 
ré con  él;  y  antes  que  me  mate,  he  de  pro- 
barle que  los  Corderos  se  venden  caros. 

Man.  Ya  lo  sé.  Y  si  es  la  mía,  sólo  te  digo  que  sa- 

bré demostrar  lo  que  es  un  Manso,  (se  dan  la 

mano.) 

Cor.  ¡Bravo! 

Man.  ¡Bravísimo! 

Cor.  Lo  demostrarás,  te  conozco. 

Man.  Disimulemos.  Yo  vigilaré  á  cuantos  entren. 

Ahora,  al  salón. 
Cor.  Pasa,  Manso,  yo  voy  detrás,  (vanse.) 


ESCENA  V 

doña  dolores  y  DOÑA  TERESA  Salen  lateral  iz quiérela 

Ter.  ¿Conque  recibiste  mi  tarjeta  con  la  del  pia- 

nista? 

DoL.  Si,  esta  tarde. 

Ter.  Ya  ves  que  el  muchacho  está  agradecido;  y 

te  aseguro  que  toca  admirablemente. 

DoL.  Esta  noche  veremos. 

Ter.  Además  es   muy  solícito.  El  mismo  vino 

ayer  á  dejar  la  tarjeta  en  la  portería  de  casa, 
y  yo  me  apresuré  á  enviártela  para  que 
tuvieras  la  seguridad  de  que  estabas  com- 
placida. Oye,  ¿y  no  se  lo  has  dicho  por  fin  á 
tu  marido? 

DoL.  No,  no  sabe  nada.  Antes  quise  indicárselo  y 

se  opuso;  ya  sabes  que  es  muy  poco  esplén- 
dido, y  le  pareció  un  gasto  inútil;  de  modo 
que  le  haré  pasar  por  un  nuevo  amigo... 

Ter.  Sí,  un  amigo  que  no  baila... 


—  i4  — 

DoL.  ¡Que  toca,  únicamente! 

Ter.  Pues  5^0  también  se  lo  oculté  á  mi  marido; 

porque  como  los  hombres  todo  se  lo  cuen- 
tan... 

J^oi..  Has  heclio  bien;  oye,  ¿y  sabrá  fingir? 

Ter.  No  lo  dudes,  es  mu}^  listo. 

DoL.  Lo  que  me  parece  es  que  tarda  mucho. 

Ter.  Sí,  efectivamente,  ya  debía  estar  aquí. 

DoL.  Pero  volvamos  al  salón,  no  sea  que  noten 

nuestra  ausencia. 

Ter.  Vamos,  (vanse.) 

ESCENA    VI 

CALDERÓN,    con  una  cojera  muy  pronuuciada,    entra   con  el  traje 
descompuesto  y  manchado  de  barro 

Música 

Yo  soy  don  Aniceto  Calderón; 
un  verdadero  genio  musical 
que  ha  alcanzado  su  gran  reputación 
en  el  Café  Imparcial. 
Es  la  música  mi  encanto 
y  me  vuelve  el  arte  loco, 
que  por  eso  toco  tanto, 
toco  tanto...  tanto  toco... 
Y  la  chica  que  me  escucha 
con  muchísima  intención, 
dice  que  yo  tengo  mucha 
pero  mucha  ejecución. 
Recorro  el  teclado 
en  un  dos  por  tres; 
toco  de  memoria 
todo  lo  que  sé; 
y  á  Verdi,  Rossini, 
Beethoven,  Mozart, 
á  cada  momento 
les  suelo  tocar. 
A  una  bella  baronesa 
le  toqué  La  Marsellesa, 
pero  conocí  en  su  cara 
que  no  le  hizo  muy  feliz. 


—  15  — 

Porque,  lo  que  ella  quería, 
era  que  yo  le  tocara 
el  schotis  de  La  gran  vía, 
y  al  fin  le  toqué  el  schotis. 
No  hay  una  pieza  musical 
que  yo  no  toque,  bien  ó  mal. 
Y  á  domicilio  doy  lección 
á  cuatro  reales  de  vellón; 

do,  re,  mi,  fa,  sol, 

do,  re,  mi,  fa,  sol. 
En  la  calle  del  Carbón, 

Aniceto  Calderón, 

inquilino  del  figón, 
siempre  á  su  disposición. 

Hablado 

Por  fin  he  logrado  mi  objeto;  gracias  á  doña 
Teresa  que  me  ha  recomendado,  vengo  á 
esta  casa  á  tocar  durante  la  reunión ;  y  po- 
quito que  deseaba  yo  tocar  aquí;  como  que 
viene  Pérez,  ¡el  gran  Pérez!  y  me  oirá  y  que- 
dará asombrado;  y  cuando  le  pida  la  plaza 
de  organista  de  las  monjitas  de  Chamberí, 
como  él  tiene  influencia,  me  la  darán,  por- 
que me  recomendará  á  la  abadesa;  y  como 
3^0  me  agarre  á  ese  órgano,  ya  he  hecho  mi 
suerte;  porque  cumpliendo  bien  es  una  pla- 
za muy  segura.  ¡Ay!...  cómo  me  duele  todo. 
Es  claro,  si  ha  sido  un  golpe  atroz.  ¡Y  cómo 
me  he  puesto  do  barro  y  agua!  ¡Cómo  me  pre- 
sento así  la  primera  vez  que  me  ven!  Digo, 
y  teniendo  que  pasar  por  un  amigo  de  la 
casa,  para  que  el  marido  de  doña  Dolores  no 
se  entere,  porque  creo  que  es  así  (cerrando  ei 
puño.)  y  tiene  un  .genio  atroz.  ¡Ay!...  ¡Pero 
como  estoy!  Siempre  que  tengo  interés  por 
agradar  en  alguna  parte,  me  ha  de  suceder 
alguna  desgracia  que  me  lo  hecha  todo  á 
perder;  hoy  que  me  había  puesto  el  chaquet 
bueno,  un  chaquet  que  no  le  uso  más  que 
para  ir  á  las  reuniones  y  los  días  de  gran 
recepción,  me  caigo,  y  al  verme  así,  hecho 
un  cualquier  cosa,  no  sé  lo  que  van  á  pensar 


~  46  — 

de  mi.  Pero  estoy  como  si  dijéramos  en  vilo, 
porque  la  verdad  es  que  tengo  mala  pata. 

(Cojeando.)  ¡Do,  miy  la,  Solf 

ESCENA  Vn 

CALDERÓN  y  DOÑA  DOLORES,  lateral  izquierda 
DOL.  ¡Calderón!  (Llamándole.) 

Cal.  Señora  mía,  servidor  de  usted. 

DoL,  Me  ha  dicho  la  muchacha  que  había  usted 

llegado.  Le  esperaba  con  impaciencia. 

Cal.  Lo  creo,  señora,  pero... 

DoL.  Vendrá  usted  de  algún  asunto. 

Cal.  No,  señora,  vengo  de  un  charco... 

DoL.  Pues  nada,  señor  Calderón,  es  usted  muy 

bien  recibido. 

Cal.  Gracias,  señora. 

DoL.  Lo  que  le  encargo  á  usted  es  que  disimule 

lo  mejor  que  pueda,  con  el  fin  de  que  nadie 
se  entere  de  lo  que  es  usted,  sobre  todo  mi 
esposo. 

Cal.  No  hay  cuidado. 

DoL.  Conque  ahora  mismo  pasará  usted  al  salón. 

Cal.  ¡Ay!  señora...  ¡Señora!... 

DoL.  ¿Qué  hay? 

Cal.  Señora,  un  inconveniente.  Sin  duda  usted 

no  ha  reparado  en  mi  traje.  Estoy  hecho 
una  sopa,  lleno  de  barro  .. 

DoL.  Calle,  pues  es  verdad.  .  ¿Y  de  qué  está  us- 

ted así? 

Cal.  ¡Que  me  ha  ocurrido  una  horrible  desgracia, 

señora!  Salgo  de  dar  una  lección,  y  creyen- 
do que  se  me  hacía  tarde,  acelero  el  paso,  y 
como  ignoraba  la  hora,  echo  mano  al  bolsi- 
llo, miro  el  reloj  de  la  Puerta  del  Sol,  y... 
veo  las  diez.  Iré  en  tranvía,  me  dije;  corro, 
le  alcanzo,  iba  lleno  y  me  tengo  que  quedar 
en  el  estribo.  Al  pasar  el  tranvía  con  veloci- 
dad extraordinaria  por  una  curva,  me  dan 
el  billete,  saco  el  perro,  levanto  el  brazo 
para  alcanzar  la  mano  del  cobrador  que  salía 
por  entre  las  cabezas  de  los  pasajeros,  me 


—  17  — 

esfuerzo,  y...  ¡zas!  pierdo  el  equilibrio,  el 
estribo  y  el  perro,  y  di  de  bruces  en  un 

charco...  (Todo  este  párrafo  muy  accionado.) 

DoL.  ¡Jesús!  ¡Qué  desgracia! 

Cal.  ¡Conque,  esfuércese  usted  por  pagar,  señora, 

esfuércese  usted!... 

DoL.  ¡Pobrecillo!  Bueno,  pues   espere  usted  un 

momento;  diré  á  la  muchacha  que  venga  y 
le  seque  á  usted  el  chaquet  con  una  plan- 
cha. Ella  le  traerá  una  americana  de  mi  es- 
poso, para  que  la  lleve  usted  mientras. 

Cal.  Gracias,  señora,  muchas  gracias. 

DoL.  Así  le  puede  á  usted  coger  un  dolor... 

Cal.  y  diga  usted  ¿del  otro  modo  no  puede  co- 

germe su  esposo  de  usted,  que  será  peor  que 
un  dolor? 

Dol.  No  tema  usted.  De  todos  modos,  procure 

ocultarse;  es  cuestión  de  un  momento.  ¡Has- 
ta ahora! 

Cal.  Aquí  espero. 

ESCENA  VIII 

CALDERÓN   y    ROSA 

Cal.  ¡Pues  señor!  estoy  fresco;  demasiado  fresco; 

es  claro,  la  lluvia.  Y  al  salir  de  casa  no  se  me 
ha  ocurrido  ponerme  un  impermeable...  Y 
gracias  á  eso,  porque  si  se  me  ocurre...  ¡bue- 
na plancha,  porque  como  no  lo  tengo!... 

Rosa  ¡Señor  Calderón!... 

Cal.  ¡Hola!  ¡Servidor!... 

HosA  Le  traigo  á  usted  esta  americana  de  parte 

de  mi  señora. 

Cal.  Bueno;  pues  mira,  ayúdame. 

Rosa  Venga.  (Le  ayuda  á  quitarse  el  chaquet.) 

Cal.  Mira,  no  tires  tan  fuerte,  porque  si  se  me 

rompe,  ¿sabes?  lo  sentiría. 

Rosa  Pues  parece  una  tela  muy  sufrida. 

Cal.  ¡Sufrida!...  No  sabes  tú  bien  lo  que  ha  sufri- 

do. ¿Lo  ves,  que  parece  nuevecito?  Bueno, 
pues  ya  le  he  dado  una  vueltecita. 

Rosa  ¿Cómo? 

2 


—  18  — 

Cal.  Pues,  lo  usé  seis  años  por  un  lado,  lo  volvie- 

ron, y  ahora  hace  otros  seis  años  que  le  uso 
por  el  otro  lado;  así  es  que  el  año  que  viene... 

Rosa  Sí,  le  puede  usted  poner  de  canto. 

Cal.  Sí,  de  canto  y  piano;  ¡qué  bromista! 

Rosa  ;Fero  qué  atrocidad!  Mire  usted  cómo  ha 

puesto  el  suelo  de  barro.  (Mirando  ai  suelo.) 

Cal.  y  gracias  que  no  le  mojo  más  que  con  un 

pié. 
Rosa  ¿Por  qué? 

Cal.  Pues  porque  el  otro  siempre  lo  tengo  puesto 

á  secar.  (Marca  la  cojera.) 

Rosa  Hasta  luego. 

Cal.  Adiós,  y  cuidado  con  la  plancha,  ¿eh?  No 

me  le  quemes. 

Rosa  Descuide  usted.    (Vase  por  la  primera  izquierda  ) 


ESCENA  IX 

calderón  y  MANSO  por  el  foro 

Cal.  Pues  no  me  está  mal  la  americana  del  amo, 

si  no  fuera  por  las  manchitas  estas.  Pues, 
señor,  esto  se  arregla.  En  cuanto  la  chica 
me  traiga  el  chaquet  planchadito,  me  voy  al 
salón ,  me  siento  al  piano,  allí  estará  Pérez, 
y  cuando  vea  mi  manera  de  ejecutar...  (se 
acerca  á  la  mesa.)  ¡Uv!  merenguitos;  esto  será 
para  los  convidados ;  no,  pues  lo  que  es  este 
es  para  mí.  (coge  uno.) 

Man.  (saliendo.)  (Este  debe  ser,  he  visto  á  Rosa  salir 

de  aquí  y  hablar  en  secreto  con  Dolores.) 

¡Caballero!  (Dándole  un  puñetazo  en  el  hombro.) 

Cal.  Usted  gusta;  digo,  usted  dispense... 

Man.  ¿Usted  es  Calderón?... 

Cal.  Servidor  de  usted.    (Se  guarda  el  merengue  en  el 

bolsillo  de  la  americana  y  saca  la  mano  llena  de  me- 
rengue, para  disimular  lo  cual,  se  restriega  los  dedos 
en  el  pantalón  y  en  la  cabeza,  hasta  que  al  fin  muy 
azorado  se  los  chupa.)  » 

Man.  ¡Parece  mentira! 

C.AL.  Pero  lo  soy,  caballero. 

Man.  ¿y  usted  sabe  quién  soy  yo? 


—  49  — 

Cal.  No  tengo  el  honor  de... 

Man.  Yo  soy  el  dueño  de  la  casa. 

Cal.  Muy  señor  mío,  me  tiene  usted  á  sus  órde- 

nes, todo  cuanto  tengo  es  de  usted,  (hasta  la 
americana). 

Man.  No  disimule  usted;  lo  sé  todo. 

Cal.  ¿Todo? 

Man.  Todo.  ¿No  tiembla  usted? 

Cal.  ¡Sí,  señor...  de  frío! 

Man.  ¿De  modo  que  no  teme  usted  mi  enojo? 

¿Usted  cree  que  á  mí  se  me  engaña  impu- 
nemente? 

(•al.  (Anda,  ya  lo  sabe).  Mire  usted,  la  verdad, 

no  es  culpa  mía. 

Man.  ¿Cómo? 

Cal.  Su  señora  tenía  interés  en  ocultárselo. 

Man.  ¡Miserable!...  Siga  usted;  quiero  saberlo  todo 

antes  de  vengarme. 

Cal.  (¡Caracolillos,  vengarse!)  Pues  mire  usted, 

mi  parecer  era  que  usted  se  enterara,  porque 
al  fin  lo  había  usted  de  saber,  y  á  nadie  le 
gusta  que  le  engañen. 

Man.  De  modo  que  ella... 

Cal.  No  quería  decirlo. 

Man.  ¿y  usted? 

Cal.  Prefiero  que  lo  sepa. 

Man.  Caballero,  ol)servo  que  tiene  usted  la  man- 

ga ancha. 

Cal.  Ño  es  mucho.  (Mirando  la  manga  de  la  americana.) 

Man.  ¿y  confiesa  usted  que  ha  escrito   una  tar- 

jeta diciendo  que  estaría  aquí  á  las  diez? 

Cal.  Sí,  señor. 

Man.  ¿y  usted  sabe  lo  que  se  merece  el  que  viene 

á  una  casa  hornada  á  perturbar  la  tranqui- 
lidad, á  llevarse  lo  que  no  le  pertenece? 

Cal.  (¡Atiza!  Ya  ha  conocido  la  americana).  Caba- 

llero, yo  le  diré  á  usted... 

Man.  ¡Basta!  Le  probaré  á  usted  que  soy  un  hom- 

bre de  honor,  y  que  no  consiento  que  sobre 
mí  caiga  una  mancha. 

Cal.  (¡Qué  embustero!)  (Mirando  las  de  la    americana.) 

Man.  y  que  las  manchas  se  lavan. 

Cal.  (Con  bencina).  Sí,  señor. 

Man.  Por  lo  tanto,  no  puedo  consentir  que  nadie 


—  20  — 

me  engañe;  va  usted  á  entrar  en  ese  ciiartí.v 
y  un  amigo  de  mi  confianza  vendrá  inme- 
diatamente á  entenderse  con  usted. 

Cal.  Pero... 

Man.  Ni  una  palabra  más. 

Cal.  ¡Pero,  señor  de  Manso! 

Man.  Al  encierro. 

Cal.  Vaya  usted  delante. 

Man.  ¡Vamos!  (calderón  entra  en  la  segunda  derecha.) 

ESCENA  X 

manso.  Luego  SÓLITA  por  el  foro 

Man.  Este  hombre  es  un  cínico,  y  necesito  matar- 

le. Ya  no  cabe  duda;  era  mi  mujer  la  de  la 
tarjeta.  Cordero  se  encargará  de  arreglarlo. 

Sol.  Papá,  te  estaba  buscando. 

Man.  ¿Para  qué? 

Sol.  Para  decirte  que  ya  han  presentado  á  ese 

joven. 

Man.  Sí,  ya  lo  sé;  han  presentado  á  todos. 

Sol.  ¿a  todos? 

Man.  a  todos. 

Sol.  ¿De  modo  que  ha  venido  el  quB  tú  me  di- 

jiste? 

Man.  Sí;  déjame  en  paz.  Ve  á  bailar.  Ya  habla- 

remos después...  jAh!   Calderón,   mañana... 

(Vase  primera  izquierda.) 

Sol,  y  se  va...  ¡Siempre  Calderón!   Pues   no  lo 

querré,  sea  quien  sea. 

ESCENA  XI 

SOLItA  y  CALDERÓN;    aquélla   se    sienta,    dando    la  espalda   á  ]« 
puerta  por  donde  sale  Calderón 

Cal.  Parece  que  se  ha  marchado.  ¡Vaya  un  genia- 

zo que  me  gasta!...  ¡Ah,  ésta  será  la  niña. 

(Reparando  en  Sólita.)  ¡Señorita!  (Llamándola.) 

Sol.  ¡Caballero! 

Cal.  Usted  no  me  conocerá,  porque  es  la  primera 


—  21  — 

vez  que  tengo  el  gusto  de  venir  á  esta  casa. 

vSoL.  ¡Ahí  ¿Ha  sido  usted  presentado  esta  noche? 

■Cal.  Sí. 

Sol.  ¿Acaso  será  usted  el  señor  Calderón? 

Cal.  El  mismo.  ¿iMe  esperaría  usted  con   impa- 

ciencia, verdad? 

Sol.  Sí,  señor;  pero  era  para  rogarle  á  usted  una 

cosa. 

Cal.  Lo  que  usted  quiera;  rigodones, liabaneras... 

Sol.  No  es  eso. 

Cal.  ]Ah!  vamos,  polkitas,  ¿eh?  (accíóu  de  bailar.) 

Sol.  No,  señor;  es  que  yo  sé  á  lo  que  viene  usted 

á  esta  casa. 

Cal.  y  no  se  lo  oculto;  ya  lo  sabe  su  mamá  y  su 

papá. 

Sol.  Sí,  pero  es  que  yo  me  opongo. 

Cal.  ¿y  por  qué  motivo? 

-Sol.  Pues  sépalo  usted;  porque  tiene  usted  un 

rival. 

<Jal.  ¿ün  rival? 

Sol.  Sí,  señor;  un  rival  á  quien  yo  prefiero. 

-Cal.  (Otro  pianista.)  Pero,  señorita,  ¿usted  cree?... 

Sol.  Que  debe  abandonar  esta  casa  inmediata- 

mente ó  desistir  de  su  propósito. 

Cal.  Pero  eso  es  una  crueldad;  y   sin  haberme 

oído...  (Acción  do  tocar  el  piano.) 

Sol.  No  tengo   necesidad  de  oiríe  á  usted  para 

saber  que  Arturo  es  mejor. 

Cal.  ¿Mejor?  Señorita,  eso  es  ofenderme;  permí- 

tame usted  que  toque  algo,  y  después  podrá 
usted  comparar... 

Sol.  ¿Comparar?  Sepa  usted  que  yo  amo  á  Ar- 

turo y  que  jamás  consentiré  que  usted  le 
quite  el  puesto  que  ocupa  por  mi  agrado. 

Cal.  ¡Ahí  ¿Usted  le  quiere,  hay  amores  por  me- 

dio? Eso  es  otra  cosa;  es  claro,  así  se  explica 
la  preferencia. 

Sol.  Bueno,  pues  ya  lo  sabe  usted. 

Oal.  Pero  su  mamá  me  acepta  y  su  papá  me  ha 

impedido  salir;  por  lo  tanto,  dispénseme 
usted  que  no  la  obedezca. 

Sol.  ¿Conque  usted  no  desiste? 

Cal.  Perdone  usted,  pero  no  puedo.  Esperaré  á 

su  papá  en  esa  habitación. 


22  — 

Sol.  Puede  usted  hacer  lo  que  quiera;  pero,  como 

si  no. 

Cal.  (¡a  que  no  toco!)  (vase  segunda  derecha,  marcan^ 

do  mucho  la  cojera  y  haciendo  gestos  de  indignaciíSn, 

ESCENA  XII 

SÓLITA    y    ARTÜRITO 

Música 

Art.  Por  fin  te  encuentro, 

paloma  mía, 
y  al  lado  tuyo 

ya  soy  feliz. 
Sol.  jPor  Dios,  Arturo, 

mucho  cuidado! 
Que  no  nos  vean 

juntos  aquí. 
Art.  ¿Qué  me  importa  que  nos  vean? 

No  es  un  delito. 
jAy,  Sólita  de  mi  vida! 
Sol.  jÁy,  mi  Arturito! 

Art.  Ya  verás,  si  nos  casamos, 

que  bien  nos  vamos 

á  distraer. 
Yo  sabré  tus  antojitos 

y  caprichitos 

satisfacer. 
Sol.  Cuando  estemos  ya  casados, 

y  amartelados 

cual  yo  me  sé, 
ya  verá  mi  maridito 

con  qué  m imito 

le  trataré. 
Art.  ¡Ay,  qué  placer! 

Sol.  ¡Ay,  qué  placer! 

Art.  ¡Qué  bien  nos  vamos  á  distraerl 

Sol.  ¡Ay,  qué  placer! 

Art.  ¡Ay,  qué  placer! 

Sol.  ¡Con  qué  mimito  le  trataré! 

Art.  ¡Ay,  qué  placer! 

Sol.  ¡Ay,  qué  placer! 


—  23  — 
Sólita  Arturo 

¡Ay,  mi  Artiirito,  ¡Ay,  mi  Sólita, 

con  qué  inocencia  con  qué  inocencia 

nuestra  existencia  nuestra  existencia 
se  pasará!  se  pasará! 

LOS  DOS 

Siempre  juntitos, 

sin  separarnos; 

sólo  en  amarnos 

la  dicha  está. 
Art.  Si  el  cielo,  vida  mía, 

me  otorga  un  día 

lo  de  cajón, 

verás  en  el  bautizo... 
Sol  Me  ruborizo, 

calla  simplón. 
Art.  y  luego,  mayorcito, 

con  qué  mimito 

nos  llamará  ¡papá! 
Sol.  ¡Por  caridad! 

Art.  ¡Mamá! 

Sol.  ¡Cállate  ya; 

no  digas  esas  cosas,  por  caridá! 
Art.  ¡Papá!  ¡Mamá! 

Sólita  Arturo 

Cállate  ya.  Nos  llamará. 

¡Ay,  mi  Arturito,  ¡Ay,  mi  Sólita, 

con  qué  inocencia  con  qué  inocencia 

nuestra  existencia  nuestra  existencia 

se  pasará!  se  pasará! 

LOS   DOS 

Siempre  juntitos, 
sin' separarnos; 
sólo  en  amarnos 
la  dicha  está. 

Hablado 

Sol.  ¡Ay,  Arturito,  estoy  muy  triste! 

Art.  ¿Por  qué?  Pues  tu   mamá  me  ha  puesto 

buena  cara. 


—  24  - 

SüL.  Porque  no  sabe  nada  de  nuestras  relaciones; 

pero  ahora  mismo  acabo  de  hablar  con  el 

otro. 
Art.  ¿^on  qué  otro? 

Sol.  Con  el  que  quieren  casarme. 

Art.  ¿y  qué  dice? 

Sol.  Que  no  desiste. 

Art.  ¿Que  no?...  ¿Dónde  está?...  ¿Dónde  está?... 

(Con  rabia.) 
Sol.  En  ese  cuarto,  (señalando  á  la  segunda  puerta  de- 

racha.) 

Art.  ¿Sí?...  Pues  vente  á  este  otro  lado.  (Alejándose 

del  sitio  indicado.)  ¿Y  quién  eS? 

Sol.  Un  cojo;  ¡figúrate! 

Art.  ¿Un  cojo?  ¡Ay!  ¡Si  le  cojo!... 

Sol.  No  te  pierdas. 

Art.  No  tengas  cuidado,  que  no  le  cojo. 

Sol.  Dicen  que  es  muy  rico. 

Art.  ¿Muy  rico,  riquita?  Pues  yo  no  tengo  un 

perro  chico,  pero  tengo   talento  y  buena 

figurita. 
Sol.  Yo  creo  que  lo  mejor  es  que  tú  le  hables. 

Art.  ¿Tiene  mal  genio? 

Sol.  No,  parece  muy  pacífico. 

Art.  Entonces  le  pego.  (Muy  furioso.) 

Sol.  No  te  comprometas. 

Art.  Descuida,  vidita,  procuraré  salvar  la  pelle- 

jita;  y  eso  que  soy  valiente.  Una  vez  me 

desafié  con  uno  y  escogí  la  pistola;  y,  ¿á  que 

no  sabes  á  dónde  fuimos? 
Sol.  ¿Al  campo  del  honor? 

Art.  Al  Campo  del  Moro,  de  merienda.  Me  tuvo 

miedo;  ya  ves,  no  se  atrevió...  ni  á  pagar... 

pagué  yo. 
Sol,  Bueno;  entonces... 

Art.  No  temas;  yo  le  obHgaré  á  que  se  vaya  y  si 

no  se  quiere  ir... 
Sol.  ¿Qué? 

Art.  Se  queda,  ya  lo  verás. 

Sol.  Bueno,  pues  me  voy  para  que  puedas  hablar 

con  él.  Hasta  luego,  ¿eh?  (Medio  mutis.) 
Art.  ¡Adiós,  cielín!  Oye,  Sólita. 

Sol.  (volviendo.)  ¿Qué? 

Art,  ¿Es  de  verdad  que  no  tiene  mal  genio? 


Sol.  No,  hombre,  no;  pero  yo  creo  que  })ara  asus- 

.  tarle  debes  poner  la  voz  más  bronca. 

Art.  No  quiero  broncas,  no  quiero  broncas... 

Sol.  Adiós,  vidita.  (vase  foro.) 

Art.  Adiós,  cielin...    (subiendo  hasta  el  foro  y  mirando 

por  donde  se  fué  Sólita.) 

ESCENA  Xm 

ARTÜRITO   y   CALDERÓN,  segunda  derecha 

€al.  (saliendo.)   La  llama  vidita  y  la  acompaña 

hasta  la  puerta.  ¡No  hay  duda,  es  el  otro 
pianista!  Le  hablaré. 

Art.  (Bajando  al  proscenio  sin  fijarse   en    Calderón.)    ¡Ca- 

garse con  otro!...  Si  yo  tuviera  coraje...  le 
buscaba  y  le  daba  un  puñetazo...  (Acción  de 

darlo,  al  propio  tiempo  que  llega  Calderón  por  detrás, 
alcanzándole  el  puñetazo.)  ¡Canastitos!...    ¿CÓmO 

está  usted?... 

€al.  Peor,  mucho  peor  que  usted.  He  oído  lo  bas- 

tante para  convencerme  de  que  es  usted  mi 
rival  preferido. 

Art.  |Ah!  ¿De  modo  que  es  usted  el  otro? 

€al.  Sí,  señor;  el  otro.  Y  yo  francamente,  quería 

hablar  con  usted,  porque  no  veo  razón  para 
que  seamos  enemigos. 

Art.  Ni  yo,  tampoco. 

Cal.  Pues,  hablemos. 

Art.  Hablemos.  (Se  sientan.) 

Cal.  Usted  primero...  porque  á  mí  me  cuesta  más 

trabajo.  (Alude  á  la  cojera.) 

Art.  No,  usted. 

Cal.  Pues,  mire  usted;  á  mí  me  proteje  la  señora 

de  la  casa,  y  yo  ignoraba  que  la  niña  amaba 
á  usted;  y  por  lo  tauto,  es  natural  que  le 
prefiera  á  mí. 

Art.  Es  claro  que  me  prefiere. 

Cal.  Pero,  si  usted  fuera  como  debe  ser,  podría- 

mos encontrar  un  arreglo;  porque  usted  no 
sabe  mis  proyectos;  ¡tengo  yo  una  martin- 
galita!  ' 

Art.  ¿Cuál? 


-  26  — 

Cal.  Que  podíamos  quedarnos  los  dos. 

Art.  Ño,  señor,  de  ningún  modo;  me  quedo  yo 

sólito,  yo.  (incomodado.) 

Cal.  No,  hombre,  los  dos, 

Art.  Yo  sólo.  Eso  no  debe  ser  más  que  para  uno. 

Cal.  ¡Hombre!...  ¡No  sea  usted  egoista!  Mire  us- 

ted; usted  podía  tocar  hasta  las  diez  y  me- 
dia, y  yo  de  la  media  para  arriba. 

Art.  ¡Caballero!...    ¿Qué  está  usted    diciendo? 

¡Calle  usted.  (Se  levanta.) 

Cal.  Bueno,  hombre,  tocaré  de  la  media  para 

abajo;  si  me  es  igual. 

Art.  No,  señor,  no  me  conformo  con  nada.  Usted 

ó  yo  sobramos;  de  modo  que  sobra  usted  (le 
asusto);  y  le  advierto  á  usted  que  tengo  mal 
genio,  y  que  soy  una  fiera.  (Grita  y  patea.) 

Cal.  Sí,  para  el  pan.  (Pues  yo  no  dejo  la  casa. 

Aquí  de  mi  genio.)  ¿Valiente?  Para  eso  yo. 

Art.  ¡Cuando  á  mí  se  me  hinchan  las  narices!... 

Cal.  Estará  usted  muy  feo. 

Art.  Elija  usted  armas. 

Cal.  ¿Armas?  ¡Armas  al  hombro!  La  que  usted 

quiera,  porque  aunque  me  vea  usted  cojo> 

yo  no  me  encojo,  (paseando  agitado.) 

Art.  Pues  florete,  espada,  pistola...  todas  las  tiro. 

Cal.  ¿Sí?...  Pues  yo  todas  las  recojo. 

Art.  ¿Decidido? 

Cal.  ¡Decidido! 

Art.  ¿a  muerte? 

Cal.  a  eso.  (Parece  que  lo  dice  de  veras;  ¿se  le 
habrán  hinchado  ya  las  narices?)  (Transición; 

le  mira  las  narices.) 

Art.  (¡Caramba!)  ¿Lo  idirá  en  serio?) 

Cal.  C)iga  usted;  (cada  vez  que    se    quieren    acercar   el 

uno  al  otro  se  asustan.)  reflexione  que  SÍ  le  doy 
áusted  una  estocada,  puedo  interesarle  algo. 

Art.  Yo  también  puedo  interesarle  á  usted. 

Cal.  Yo  soy  más  desinteresado. 

Art.  ¿Sí,  eh?  Pues  le  romperé  á  usted  una  cla- 

vícula. Ahur.  (Vase  foro.) 

Cal.  ¡Una  clavícula!  (corre  hacia  donde  se  fué  Arturo, 

*  con  ademan  de  pegarle.  Baja  al  proscenio.)    ¡ClaVl- 

culitas  á  mí!... 


—  27  — 
ESCENA  XIV 

CALDERÓN  y   SEÑOR  CORDERO 

Cal:  Pues,  señor,  en  esta  casa  se  han  propuesk> 

aburrirme;  pero  lo  que  es  yo  no  me  voy,  pase 
lo  que  pase,  ¡cal  yo  no  suelto  el  órgano,  aun- 
que tenga  que  soltar  una  clavícula. 

Cor.  (Por  el  foro.)  (Era  Dolores  la  culpable,  ¡pobre 

Manso!  Me  ha  dicho  que  aquí  le  encontraré, 
y  que  le  desafíe  á  muerte.) 

Cal.  Servidor  de  usted.  (Reparando  en  el  señor  Corde- 

ro,  que    habrá    bajado  al    proscenio.)    ¿Será    OtrO 

pianista? 

Cor.  Usted  es  acaso... 

Cal.  Aniceto  Calderón,  servidor  de  Dios  y  de 

usted. 

Cor.  jBasta!  ¿Usted  acaba  de  tener  una  cuestión 

personal,  hace  un  momento,  y  en  este  mis- 
mo sitio? 

Cal.  )Sí,  señor! 

Cor.  Pues  bien;  se  trata  de  un  amigo  mío,  y  me 

envía  para  que  usted  me  indique  con  quién 
debo  entenderme. 

Caí*.  (Pues  pronto  ha  encontrado  padrino  el  tipo 

ese.)  ¿De  modo  que  usted  es  amigo  suyo? 

Cor.  {Intimo!  ¡Debía  usted  saberlo! 

Cal.  |Si  no  tengo  el  honor  de  conocer  á  usted! 

Cor.  Pues  soy  Cordero,  mi  apellido  es  conocidí- 

simo. Ha  habido  muchos  Corderos  ilustres, 
señor  mío. 

Cal.  ¿Corderos  ilustres?  El  Cordero  Pascual,  no 

conozco  otro. 

Cor.  Bueno,  dejemos  eso.  Señor  Calderón,  ¿tiene 

usted  padrino? 

Cal.  Sí,  señor,  (y  madrina.) 

Cor.  Para  el  duelo,  mi  ahijado  elige  la  pistola; 

una  cargada  y  otra  descargada. 

Cal.  Pues  yo  elijo  la  cargada. 

Cor.  Es  imposible;  él  es  el  ofendido. 

Cal.  Bueno;  pero  yo  soy  el  cargado. 

Cor.  El  encuentro  será  en  el  Retiro. 


—  28  — 

(Jal.  (Me  parece  que  no  me  encuentran.) 

Cok.  ¿Está  usted  conforme? 

Cal.  Sí,  señor...  Pero  yo  creo  que  la  cuestión  no 

ha  sido... 

<'0R.  No  trate  usted  de  disculparse.  Usted  no  de- 

bía haber  venido  nunca  á  esta  casa,  y  así, 
nos  hubiéramos  evitado  este  disgusto. 

Cal.  Pero  si  la  señora  me  ha  rogado  que  viniera, 

¿yo  qué  culpa  tengo? 

Cor.  ¡Basta!  No  debo  oir  eso. 

Cal.  Además,  otra  señora... 

Cor.  (Mi  mujer,  que   ha  sido   cómplice  )   Diga 

usted. 

Cal.  Que  otra  señora  me  recomendó  á  doña  Do- 

lores. 

Cor.  ¿Pero  á  usted  le  recomiendan  para  esto? 

CaLc  Claro,  porque  si  no,  no  sabe  uno  donde  toca. 

Cor.  ¡Basta!  No  descendamos  á  los  detalles.  Caba- 

llero, envíe  usted  sus  padrinos  al  viaducto... 

Cal.  No  querrán... 

Cor.  Calle  de  la  Morería,  37,  á  mi  casa,  donde 

nos  entenderemos. 

Cal.  (Morena,  37,  ¡donde  vive  doña  Teresa!  Este 

debe  ser  el  marido.) 

Cor.  ¡Correrá  sangre,  caballero!  (vase  furioso  por  ei 

foro.) 

ESCENA  XV 

CALDERÓN  y  DOÑA  DOLORES 

Cal.  Por  mi  que  corra...  todos  hemos  de  correr.. . 

¡Dios  mío,  en  cuanto  me  vea  en  la  calle  me 
desencojo  y  no...  va  áser  carrera!,.,  (se  dirige 

á  la  segunda  puerta  derecha,  Doña  Dolores  le  llama 
y  se  detiene.) 

DoL.  ¡Calderón!  ¿Por  dónde  se  mete  usted?  ¿Aún 

no  le  han  traído  el  chaqué? 

Cal.  Señora,  me  alegro  verla,  estoy  asustado. 

DoL.  ¿Pero  por  qué? 

Cal.  Me  quieren  matar. 

DoL.  ¡Qué  atrocidad!  ¿Pero  quién? 

Cal.  El  de  las  narices.  ' 


—  «9  — 

DoL.  ¿El  de  las  narices?... 

Cal.  Sí,  señora  Uno  qne  dice  que  se  le  hinchan 

las  narices.  El  marido  de  doña  Teresa  ha  ve- 
nido á  desafiarme;  dice  que  desista  de  mi 
propósito;  en  fin,  que  mañana  por  la  maña- 
na me  rompen  la  clavícula. 

DoL.  (El  marido  de  Teresa...)  Oiga  usted...  Me 

parece  que  estoy  en  el  secreto.  A  usted  le 
han  tomado  por  otro. 

Cal.  No  es  fácil  confundirme,  (cojea.) 

DoL.  Mi  esposo  me  ha  dicho  que  un  íntimo  ami- 

go suyo  buscaba  á  uno  que  hacía  el  amor  á 
su  señora.  Y  esa  señora  debe  ser  doña  Te- 
resa... 

Cal.  ¿y  qué  hago  yo? 

DoL.  Nada,  hombre;  yo  hablaré  ahora  mismo  al 

señor  Cordero  y  le  diré  quién  es  usted  y  á 
lo  que  viene  á  esta  casa. 

Cal.  ¡Ay!  Sí,  señora;  y  á  su  esposo  dígaselo  tam- 

bién, y  á  la  criada  que  me  traiga  el  chaqué. 
Ya  tengo  ganas  de  tocar  para  que  ustedes 
bailen  y  se  acaben  estos  enredos. 

DoL.  Descuide  usted.  ¡Pobre  Calderón!. .  (vase.) 

Cal.  ¡Vaya  unos  líos!...  ¡Cuando  digo  yo  que  ten- 

go .mala  pata!  (cojea.) 

ESCENA  XVI 

DICHO    y   ARTURITO 

Música 


Cal. 

Ya  está  aquí  mi  rivab 

Art. 

Me  late  el  corazón; 

no  es  miedo,  voto  á  tal; 

es  sólo  precaución. 

Cal. 

De  fijo  este  animal 

se  trae  mala  intención. 

Art. 

Si  no  fuera  tan  prudente 

y  tuviera  más  valor; 

si  ese  tipo  me  miraba, 

no  temblaba,  no,  señor. 

Cal. 

Si  no  fuera  porque  temo 

hacer  una  atrocidad... 

—  30  — 

me  marchaba  de  esta  casa, 
pero  á  gran  velocidad. 
Akt.  Si  me  larga  im  sablazo 

me  parte  en  dos. 
^'al.  Si  me  atiza  un  balazo, 

¡ay!...  no  por  Dios. 
Art.  ¡Qué  mirada  iracunda! 

Me  siento  mal. 
<-'al.  Merecía  una  tunda 

por  animal. 
Art.  Más  vale  convencerle. 

Cal.  Mejor  es  adularle. 

Art.  Prefiero  disuadirle; 

le  voy  á  hablar. 
Cal.  No  debo  yo  ofenderle. 

Art.  Consiento  hasta  en  dejarle. 

Cal.  Conviene  más  decirle 

que  él  va  á  tocar. 
Art.  Más  vale  convencerle. 

Caí-.  Mejor  es  adularle; 

conviene  más  decirle 

CALDERÓN  ARTURO 

que  él  va  á  tocar;  le  voy  á  hablar, 

mi  furor  debo  contener;        mi  furor  debo  contener; 

mi  valor  quiero  dominar.       mi  valor  quiero  dominar. 

Cal.  La  prudencia  aconseja  acceder. 

Art.  y  los  nervios  se  deben  calmar. 

I^os  DOS  La  prudencia,  etc. 

Art.  ¡No  te  ciegues,  Arturin! 

Cal.  jNo  te  pierdas,  Calderón! 

Los  DOS      Porque  al  fin,  no  es  llegada  la  ocasión 
de  probar  que  se  tiene  corazón. 
¡Corazón! 

Hablado 

Cal.  (¿Si  vendrá  á  matarme  de  veras?) 

Art,  (Que  se   coloca  en  el  extremo    opuesto,    derecha    del 

actor.)  (Le  hablaré  de  lejos.)  (Se  miran.) 

Cal.  (Qué  coloradas  las  trae.) 

Art.  jCaballero!.. 

Cal.  (Ahuecaré  la  voz.)  ¿Qué  hay? 


~  31  — 

(¡Caracoles!)  Pues...  nada  de  particular...  y... 

(Entrecortado  y  con  miedo.) 

¿Y...  qué? 
¿Y...  la  familia? 

Buena,   (con  voz  hueca.) 

(¡Ay,  no  me  atrevol)  Pues,  yo...  la  verdad... 
Caballero,  lie  pensado  en  nuestra  cuestión 
y  creo  que  es  una  tontería  el  querer  estro- 
pearnos el  físico. 

(Se  ha  vuelto  atrás.)  De  modo,  que  la  clavi- 
cula... 

Seguirá  tan  clavícula. 

Entonces,  ese  señor  que  ha  venido  á  des- 
afiarme, ese  Cordero... 
Ese  Cordero  no  es  mío.  Yo  vengo  á  propo- 
nerle á  usted  la  paz,  porque  es  lo  que  yo 
digo,  si  le  doy  un  tiro  á  ese  señor  y  le  hago 
estirar  la  pata... 

Me  hacía  usted  un  favor.  (Levantando  la  pierna.) 

No;  si  digo,  que  hubiera  sentido  matarle. 
Y  yo...  Como  que  si  3^0  le  mato  á  usted,  me 
pongo  gasa. 
¿Por  qué? 

Por  haber  matado  á  un  compañero  de  ai'te. 
¿De  qué  arte? 

Hombre,  ¿no  es  usted  pianista? 
¿Pianista?...  ¡Qué  he  de  ser!...  Yo  no  he  ve- 
nido aquí  más  que  por  una  mujer...  ¡Por 
ella  y  sólo  por  ella!  Y  como  usted  la  quiere, 
de  ahí  viene  la  cuestión. 
¡Qué  la  he  de  querer,  hombre,  qué  la  he  de 
querer! 

¿Cómo  que  no? 
Como  que  no. 

¿Entonces  no  somos  rivales? 
¡Claro!  Ni  usted  es  pianista,  ni  yo  quiero  á 
la  muchacha. 
¡Qué  error!... 

¡Qué  horror,  digo  yo!  Porque  ahora  caigo  en 
una  cosa...  ¿Usted  viene  aquí  nada  más  que 
por  una  mujer? 
Nada  más. 

Ahora  comprendo  por  qué  han  venido  á 
desafiarme.  Me  han  confundido  con  usted. 


—  32  — 

Art.  ¿Conmigo? 

Cal.  Sí,  huya  usted...  vayase  usted,  joven. 

Art.  ¿Pero  por  qué? 

Cal.  ¡Porque  le  andan  buscando  para  matarle!... 

Apt.  ¡CáscarasI 

Cal.  Me  lo  ha  dicho  la  señora  de  la  casa. 

Art.  Pero...  matarme  á  mí...   jAy,  Dios  mío!... 

¡Perol   (Corre  de  un  lado  á  otro.) 

Cal.  Se  oye  ruido. 

Art.  ¿y  qué  hago  yo? 

Cal.  Sea  usted  valiente,  y  ahora  verá  usted  cómo 

lo  arreglo  yo  todo,  todo. 


ESCENA  XVII 

DICHOS    y    el    SEÑOR    MANSO 

Man.  (Ya  está  arreglado  el  lance.  ¡Mañana  mataré 

á  ese  infamel)   (Dice  esto  sin   reparar  en  los  otros 
dos  personajes.) 

Cal.  (Voy   á  hablarle.)    Ya  sabrá  usted,   señor 

Manso...   (con  mucha  amabilidad  y  sonriendo.) 
Man.  (sin  dejarle  acabar  de  hablar  se    abalanza    sobre  él> 

cogiéndole  fuertemente  por  el  cuello  de  la  americana.) 

¡Cómo!  ¿Todavía  está  usted  en  esta  casa? 
Cal.  Sí,  señor;  pero  no  tire  usted  tanto,  que  se  va 

usted  á  romper  la  americana.   (Manso  le  zaran- 
dea, obligándolo  á  cojear  repetidamente.) 

Man.  ¿y  á  mí  qué  me  importa? 

Cal.  ¡Vaya  si  le  importa! 

Man.  Lo  que  yo  quiero  romperle  á  usted  es  el 

alma. 
Cal.  (No  sabe  nada.)  Mire  usted,   señor  Manso, 

tranquilícese,  y  yo  le  demostraré  que  está 

usted  engañado.  Yo  no  soy  yo. 
Man.  ¿Cómo? 

Cal.  Que  yo  soy  éste,-  (señalando  á  Arturo)  cs  dccir, 

que  usted  me  toma  por  otro,  y  el  otro  es  éste; 

3^  yo  soy  yo,  y  no  soy  el  otro;  porque  el  otro 

es  éste. 
Man.  Expliqúese  usted  más  claro. 

Cal.  Pues  más  claro;  ustedes  me  tienen  esa  anti- 


■~  33  - 

patía,  porque  creen  que  yo  he  venido  á  esta 

casa  por  una  mujer... 
Man.  ¡No  lo  repita  usted! 

Cal.  su  señor;  porque  3^0  no  vengo  aquí  á  eso. 

El  que  viene  ])or  una  mujer,  de  quien  está 

locamente  enamorado,  es  este  caballero. 
Man.  ¿Usted? 

Art.  (Me  ha  descubierto;  pues  pecho  al  agua.)  Sí, 

señor;  yo  la  amo,  y  si  usted  se  opone  á  nuesr 

tro  amor,  me  suicidaré,  y  ella  se  meterá 

monja. 
Max.  ¡Infajne!  ¿De  modo  que  usted  es  Calderón?... 

(Se  arroja  sobro  él;  pero  .\rlurito  huye,  dando  vuelta» 
á  la  escena.) 

Art,  No,  señor. 

Cal.  Calderón  so}^  yo. 

Man.  ¿Entonces  son  dos  mujeres? 

Cal.  No,  señor;  una. 

Man.  ¿o  dos  Calderones? 

Cal.  Uno  nada  más.  Este  es  el  de  la  mujer. 

Man.  ¿La  mujer  de  quién?  Venga  usted  '  acá;  us- 

ted confiesa  que  viene  aquí... 

Art.  Porque  la  quiero. 

Man.  ¿Pero  á  quién? 

Art.  Pues  á  ésta,    (viendo  á  SoHta,  que   sale  por  el  forn 

con  doña  Dolores.) 


ESCENA   ULTIMA 

DICHOS,  SÓLITA,  DOÑA  DOLORES  y  después  ROSA 

Man.  ¿a  ésta? 

Sol.  Sí,  papá... 

Man.  ¿Pero  qué  lío  es  este? 

DoL.  Pues  yo  te  lo  exphcaré.  Has  confundido  á 

este  caballero.  Yo  te  oculté  que  iba  á  venir 
un  pianista... 

Man.  ¿y  el  pianista?... 

Cal.  Ese  soy  yo.  (Gracias  á  Dios  que  me  han  co- 

nocido.) 

Man.  y  este  señor,  ¿quién  es? 

Art.  Pues  yo  soy  Arturito  Cascarrabias  y  Fuen- 


-  34  — 

terrabía  del  Melonar...  novio  de  Sólita  y 
empleado  cesante  como  oficial  quinto  de  la 
clase  de  sextos  de  la  sección  de  Calamida- 
des públicas  del  ministerio  de  la  Goberna- 
ción. 

Cal.  (Y  con  cuerda  para  veinticuatro  horas  ) 

Art.  y  tengo  el  honor  de  pedir  á  usted  la  mano 

de  Sohta. 

Man.  De  modo  que  usted  ha  venido  aquí... 

Art.  Por  la  mano. 

DoL.  Es  claro,  y  este  señor... 

Cal.  Por  las  dos  manos.   (Acción  de  teclear.) 

Man.  De  modo  que  la  tarjeta  del  señor  Calderón... 

DoL.  Me  la  mandó  Teresa,  indicándome  que  es- 

taba complacida  en  mi  deseo  de  traer  un 
pianista. 

Man.  Ya  decía  3^0  que  no  podía  caer  una  mancha 

semejante  sobre  ningún  Manso. 

Cal.  (Bienaventurados  los  Mansos.) 

Rosa  Señorito,  el  saqué. 

Cal.  ¿Mi  chaquet?  Venga. 

Man.  ¿Cómo  su  chaquet? 

Cal.  Sí,  señor.  Como  vine  hecho  una  sopa,  me 

dio  doña  Dolores  una  americana,  mientras 
me  lo  secaban,  y  la  criada  me  lo  ha  secado 

divinamente,  y...  (Se  desmaya,  viendo  la  señal  de 
una  plancha  en  la  espalda    del    chaquet.)   ¡  üy,    qué 

plancha!  jUy,  qué  plancha! 
Todos         ¿Cuál?  ¿Cuál? 
Cal.  Esta  que  me  ha  quemado  el  chaquet...  (corre 

tras  la  criada  á  pegarle.)  El  Único...    ¡DioS   mío! 

jEste  chaquet,  que  lo  saqué  para  venir 
aquí!... 

Man.  No  se  apure  usted,  quédese  con  la  ame- 

ricana. 

Cal.  ¡La  volveré,  caballero,  la  volveré! 

Man.  No,  señor,  no  me  hace  falta. 

Cal.  Digo  que  la  volveré...  al  revés. 

Sol.  De  modo  que  con  Arturito... 

Man.  Transijo.  Y  usted...  vendrá  á  tocar  todo 

el  año. 

Cal.  j  Ay!  Gracias,  caballero,  porque  me  hace  mu- 

cha falta.  Tengo  un  hijo  y  seis  mujeres; 
digo,  una  mujer  y  seis  hijos... 


—  35  — 

DoL  Ea!  Pues  ahora  á  acabar  la  velada  alegre- 

mente. 
Akt.  Alegríal  ¡Alegría!... 

Cat»  Eso  es,  polkitas,  polkitas...  (ai  público ) 

Ahora,  á  tocar  y  á  bailar. 

Ya  tengo  colocación. 

¿Qué  más  puedo  desear? 

¡Si  ustedes  quisieran  dar 

un  aplauso  á  Calderón!  (orquwta.  T«ión.) 


FIN 


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Martin,  Puerta  del  Sol,  (5;  de  D.  M.  Murillo,  calle  de  Alcalá,  7; 
de  D.  Manuel  Rosado,  calle  de  Esparteros,  11;  de  Gutenberg,  ca- 
lle del  Príncipe,  14;  de  los  Sres.  Simón  y  C.*,  calle  de  las  Infan- 
tas, 18,  y  del  Sr.  Escribano,  plaza  del  Ángel,  2. 


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